dimarts, 16 de novembre de 2010

Música, nuevas tecnologías y modelos de negocio.

Intento resumir lo que expuse en mi sesión en TuCamon, el pasado martes 9 de noviembre. Se trataba de plantear algunas dudas en relación a los discursos que dan por hecho que la aportación de las nuevas tecnologías a la cultura musical sólo puede ser positiva. Dudas que no tienen nada que ver con la defensa de la propiedad intelectual -tradicional "frente opositor"-, ni con el miedo a la tecnología, sinó que simplemente pretenden fijarse en la experiencia cultural. Dudas también ante la correspondencia que algunos establecen entre un buen negocio cultural y una mejora para la cultura, a mi modo de ver de forma gratuita.

En cuanto a mi punto de partida planteaba dos premisas, en parte racionales y en parte viscerales:

Evangelización digital. El discurso dominante sobre las nuevas tecnologías, aquello que se tiende a repetir en todo tipo de ocasiones sobre la revolución que suponen, tiene algo de discurso evangélico. Hay mucha creencia implícita, afirmaciones en presente de cosas que no son realidades sinó posibilidades. Hay misas, hay curas (les llaman gurús), promesas de paraiso, división entre creyentes y no creyentes,... Este tono religioso, despierta mi defensa y desconfianza. En el curso de la historia, las creencias asumidas como algo irreversible han servido para imponer visiones que han interesado a los poderosos.

Lo que importa es el impacto social. Trato de ubicar mi perspectiva en la observación de aquello que podemos ganar o perder los ciudadanos a partir del impacto en la cultura de las nuevas tecnologías. No es el mismo punto de vista que el de los artistas o los representantes de la industria, que por su posición pueden tener intereses distintos (sin descartar que también haya coincidencias). No es fácil asumir esta perspectiva no-productiva. Creo que es habitual, en estas conversaciones, que todo el mundo se vea a sí mismo como un pequeño empresario. Hablamos de ganar o perder dinero, de posibilidades de emprender,... y muy poco del impacto más cotidiano y cultural. Lo que me parece interesante es atender a como afectan las tecnologías al desarrollo de códigos, habitos y referencias para comunicarnos y relacionarnos con el mundo, dejando de lado si alguien va a hacer dinero con ello o no.

A continuación propongo ver algunos aspectos del impacto en la creación y el impacto en la escucha que me parecen destacables.

IMPACTO DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS EN LA CREACIÓN

¿Libertad creativa? Hace unos años era habitual el discurso que suponía que los artistas veían limitada su expresión por la mediación de las empresas discográficas y todo el sistema de comercialización de la música. Se decía que las condiciones que estas imponían limitaban al artista, obligaban a hacer canciones más cortas y asimilables, limitaban la experimentación y homogenizaban las propuestas, entre otras acusaciones. Supuestamente, las posibilidades de las nuevas tecnologías representan una liberación de estos límites. Los músicos ya pueden exponer sin intermediarios sus propuestas al público. Según este argumento deberiamos estar asistiendo a un estallido de creatividad, accediendo a montones de música que superan las cortapisas de la indústria.

Particularmente, yo no me he encontrado con este panorama. Creo que no está ocurriendo. No hay un cambio evidente. ¿Cual es el motivo? ¿Por qué no nos encontramos con estos artistas con ganas de expresar su libertad? Pues me temo que lo principal que está ocurriendo es que, en lugar de dar salida a aquellas necesidades expresivas, todo el mundo está interiorizando los mismos conceptos empresariales que tenían las discográficas y los mánagers. Ahora, todos somos empresarios, no artistas. Es más, me temo que aquel debate entre artistas y gestores era estimulante para la creatividad. Su "conversación" y conflicto resultaban útiles. Ahora, la ausencia de límites quizás tiende a producir un arte más domesticado, o en el mejor de los casos, sin novedades apreciables en comparación con el anterior modelo.

Acerca de la autogestión. Hay una tendencia a comentar como positiva la posibilidad de que los artistas sean sus propios empresarios y tengan el control absoluto sobre la producción y distribución de su obra. Pero también existe una cara oscura de la empresarialización de las profesiones creativas. Al asumir las tareas de gestión es posible que se moderen los impulsos creativos, incluso que estos pasen a un segundo plano. Para no extenderme aquí sobre este aspecto, propongo la lectura de la entrevista que le hice a Jaron Rowan en Nativa.

IMPACTO DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS EN LA ESCUCHA

¿Más música es equivalente a más riqueza cultural? Se dice que ahora los usuarios tenemos libertad para escoger la música que escuchamos. Toda la música está a nuestro alcance gracias a la red. ¿Supone esto un impacto positivo en nuestra vivencia cultural? Pues hay motivos para ponerlo en cuestión. Fruto de esta apertura cuantitativa de posibilidades de oir distintas músicas, se produce una dispersión de nuestra atención, y probablemente nuestras experiencias culturales son más fugaces. En el "sistema antiguo", fruto quizás de la dificultad de acceso a un disco o también a un concierto, nuestra dedicación a lo recibido era probablemente más atenta y profunda. Un disco podía "durarnos" como mínimo tres meses, que dedicábamos a repetir y aprender sus canciones. Esta posibilidad de ser escuchados con atención probablemente también suponía una exigencia para los artistas (Y remontándonos más ¡podemos imaginar cuan intensa podía ser la experiencia musical previa al registro!). Es posible que aquello a lo que llamamos riqueza cultural tenga más que ver con esta escucha atenta y repetida que con la acumulación de distintos registros. En fin, podriamos barajar reflexiones distintas a favor y en contra de los cambios en la escucha, pero en cualquier caso, hay motivos para poner en duda que un mayor y más diverso consumo vaya automáticamente asociado a mayor grado de cultura.

¿Libertad para escoger? Por otro lado, hay quien anuncia con alegría el fin de la crítica musical. Se dice que internet nos libera del yugo de los críticos. "Ahora los oyentes podemos escoger con nuestros propios medios, ya no hace falta que nadie nos diga qué tenemos que escuchar." "Nuestra opinión es libre y no condicionada." Pues bien, a mi esto me parece más que discutible y, otra vez, dudo que implique una cultura más rica. Bajo mi punto de vista la decadencia de la crítica musical empezó mucho antes de la llegada de las nuevas tecnologías. Allí donde se suponía que podiamos encontrar periodistas con lenguaje y bagaje para hablar con amplitud de miras y matices sobre la música, poco a poco nos fuimos encontrando con un sistema binario en el que los críticos principalmente nos decían si una propuesta musical era buena o no. ¡Como si esto fuera todo lo que se puede decir de la música! ¡Muerte a los matices! El motivo para que esto ocurriera probablemente es que la crítica se subordinó a la idea de aconsejar sobre la compra. El único objetivo era decidir si comprar o no, cualquier consideración que no sirviera a esta decisión era información superflua. En la actualidad se ha puesto de moda esta palabreja, "los prescriptores", para definir esta función: los que te ayudan a escoger. Como si sobre música no hubiera otra cosa a considerar salvo "la elección". De ahí, incluso algunos medios han pasado a un sistema "mono" según el cual sólo tiene sentido hablar de la música en positivo -la "buena música", la que hay que tener-, ignorando cualquier comentario sobre el resto.

Pues bien, creo que los usuarios de internet no han hecho más que heredar y amplificar esta limitación de criterio. El principal mensaje en internet es me gusta / no me gusta, y el gran avance en "democratización de la opinión" consiste principalmente en tener motivos estadísticos y algoritmos para decidir a que música acercarnos. Si, es cierto, en teoría todos podriamos opinar en internet con matices y riqueza de detalles, pero me parece que no es esto lo que está ocurriendo.

La música como objeto. Quizás lo que hay detrás de todas estas consideraciones es la permanencia de una idea de la música que la considera como un objeto o mercancía. Hay quien dice que las nuevas tecnologías nos devuelven a la música vista como experiencia, una banda sonora que nos acompaña y ayuda a sentir nuestra relación con el mundo. Y es cierto que algo de esto hay, pero también habría que ver que esta experiencia es distinta de la que suponiamos, una experiencia más individual que colectiva, y más centrada en nuestra relación con el aparato que con nuestro entorno. Una vez más cabe pensar si esta es una revolución presente o supuestamente por venir. Quizás la revolución tecnológica ya ha llegado, pero la revolución cultural -aquella que supone un cambio como sociedad- todavía está por llegar. O quizás los cambios sociales que sancionan las nuevas tecnologías no son los que los más utópicos podrían desear, sinó otros más cercanos al individualismo y la protección frente a los demás. (Este articulo de Jaume Ayats desarrolla más el tema de la música-objeto)

Dos internets. En definitiva, creo que hay dos imaginarios sobre lo que implica internet en nuestra cultura. Uno, el utópico, supone cosas maravillosas sobre como se van a transformar la creación y la escucha en un sistema descentralizado, libre, heterogéneo, rico, etc. etc. Otro, el que de momento me parece más real, tiende a sistemas de gestión de la cultura más centralizados y homogéneos que los anteriores, y quizás no está suponiendo diferencias substanciales respeto a las cosas que aquí nos importan. Me parece que hay una confusión interesada entre los dos discursos. Paradójicamente, la ilusión por un mundo y cultura libres podría estar alimentando el desarrollo de un sistema más homogéneo que el anterior.

La cuestión no es que la tecnología no contenga el potencial que le suponemos en nuestras visiones más optimistas sinó que nosotros somos los mismos, y la nuestra organización social la que es, e impregnamos con nuestra cultura real su uso. Si, es cierto según parece que en su momento la imprenta supuso grandes cambios en la cultura occidental, pero quizás estos cambios iban asociados a una clase social ascendente y unos deseos de una sociedad nueva mucho más amplios que los actuales. No podemos suponer que las nuevas tecnología conlleven por si solas y de un modo pre-determinado cambios irreversibles y necesariamente beneficiosos. Los cambios pueden ir en muchas direcciones. Creo que corremos el riesgo de prolongar una confusión entre el continente y el contenido que ya procede de sistemas anteriores. Antes, el continente era la cultura-objeto, ahora, el canal de acceso. A fin de cuentas, mi perspectiva es, no se si de un modo ingenuo, humanista. Contra el determinismo (optimista, si se quiere ver así) de algunos, reivindico que cualquier cambio cultural o social que se dé va a depender principalmente de la acción humana. Y reivindico también que dediquemos más atención al mundo que queremos para impulsarlo en la dirección que busquemos en lugar de tratar de entender un mundo predeteminado que supuestamente va a llegar independientemente de nuestra acción.

2 comentaris:

  1. Excelentes tesis, Jordi.

    Hago hincapié en tu idea de que:
    "Quizás la revolución tecnológica ya ha llegado, pero la revolución cultural -aquella que supone un cambio como sociedad- todavía está por llegar."

    Creo que la revolución tecnológica nos dará los recursos para un cambio pensamiento y de modelo humano.

    Todavía usamos patrones de décadas pasadas en cuanto a música y cultura en general. Para el receptor, engullir y digerir rápidamente cultura, acaparar contenidos, usar y tirar, etc. Para el emisor, triunfar, reconocimiento, dinero, etc. Pero en el futuro quizás se irá tendiendo menos al consumo artístico desenfrenado y más al disfrute de ámbito reducido, casi local, íntimo, entre colegas (vaya, como antaño, como decías tú con los discos que escuchabas durante tres meses), cuando los artistas tiren la toalla y no se entesten en triunfar.

    Yo realmente me alegro de esta cristalización tecnológica de la música. Al fin y al cabo, nos llevará a descapitalizar la música, por lo que quiero imaginar que sólo los artistas con ganas de expresarse musicalmente se darán a ello.
    Y ya empiezan a haber sellos y artistas que son ejemplo de ello.

    Quizás demasiado optimista?
    ;)

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  2. He llegit aquesta ressenya de José Luis Pardo, sobre el llibre “La obsolescencia del hombre” de Günther Anders, que em sembla que té força a veure amb el que parlàvem aquí:
    http://www.elpais.com/articulo/portada/hay/hombres/repuesto/elpepuculbab/20110219elpbabpor_8/Tes

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