"Vamos a mirarlo de otra manera. Nos hemos acostumbrado a considerar que el artista es un señor que crea mejor cuanto mejor desarrolla sus cualidades personales y su individualidad.
La meta es algo así como la originalidad. La mejor actitud, la introspección. El mejor entorno, la libertad de expresión, sin interferencia ninguna. Que sea sociable es una sorpresa. Gracias a un arduo trabajo de aislamiento, podrá proporcionarnos los frutos de su búsqueda en forma de canciones. Visto así, la música es lo que este señor nos ofrece desde su acto de auto-afirmación. Nuestra misión, la de los que oimos música, es recibir su trabajo y aceptarlo o rechazarlo. Somos consumidores. Nuestro trabajo empieza cuando acaba el suyo.
Alrededor de esto, unos son creyentes y otros ateos. Hay los que participan con fervor del juego artístico, y los que dicen que esto no es para ellos, que no saben de música, y que con cuatro propuestas mainstream tienen suficiente para su vida musical. Pero en el fondo, todo el mundo asume estas reglas.
Pues bien, supongamos que el artista no es esto sinó otra cosa, y que la música tampoco es lo que parece. Supongamos, por ejemplo, que lo que hace el músico es catalizar las influencias de su entorno, dar forma musical a algo que se respira en el ambiente. Su trabajo consiste en desarrollar su sensibilidad y habilidades, para captar energías, informaciones y vínculos que están ahi, y devolverlos en forma de música. Él puede ser grande, de acuerdo, pero no existe sin nosotros. Nuestra compañía le es imprescindible, y no sólo para que pasemos por taquilla. Supongamos también que la música no existe si no es interpretada por alguien ante alguien, y que lo demás –grabaciones, partituras, ensayos,...- no són más que sucedáneos, efectos colaterales que funcionan por que nos hacen imaginar el momento musical, pero nada más que esto. Y que por lo tanto un concierto sólo funciona si todos estamos ahí.
Visto así, nuestro papel es distinto. No somos los que “recibimos” las canciones y escogemos o rechazamos como jueces. O no solamente. Las canciones están hechas con nuestro material, nuestros sueños, nuestra historia, nuestras palabras, nuestras casas y nuestras cosas. La calidad del concierto va a depender de nuestra presión, existencia y capacidad de recepción, que empujaran al artista a momentos excelsos, o a la sequía expresiva. Nos llaman público, y dicen que nuestra libertad es la de elegir o desechar propuestas, pero esto es una simplificación interesada.
Algo así es lo que pensamos en Indigestió. Promovemos pensamiento, acciones y redes en esta dirección. Nos sentimos ciudadanos con ganas de influir en la música. Suponemos que nuestra presencia va a dar alas al artista y no a limitarlo. Dejar este trabajo en manos de la alianza entre artistas, políticos, industriales y gestores afines no nos parece adecuado. La intervención política, que se reparte entre el apoyo al mercado y la inversión a fondo perdido en arte autista no nos sirve. La cultura necesita movilización civil como el medio ambiente o los derechos humanos. No queremos limitar nuestra acción a la venganza silenciosa de las masas. Y si el artista pincha, nosotros también pinchamos."
